Hoy día luna día pena
Hoy me levanto sin razón
Hoy me levanto y no quiero
Hoy día luna día pena
Hoy día luna día pena
Hoy me levanto sin razón
Hoy me levanto y no veo
Por ahí cualquiera solución...
Arriba la luna Ohea...
Hoy día luna día pena
Hoy me levanto sin razón
Hoy me levanto y no quiero
Hoy día luna día muero...
Arriba la luna Ohea...
sábado 6 de junio de 2009
viernes 26 de diciembre de 2008
Como un bebé a una gran teta materna, me succionaste. El alma, los sueños. Poco a poco mis huesos se cansaron de aguantar la presión. Succionaste, primero mis besos, después el sexo, desgastaste mi corazón con estúpidas subes y bajas de emociones, mi amor y hasta el último peso en el monedero, las tardes familiares y los cigarrillos en el parque. Succionaste sin pensar en lo que iba a quedar, ahora que me tienes en frente te quejas de que ya no soy la misma y que no tengo nada para entregarte.
jueves 25 de diciembre de 2008
Recuerdo ese día, cuando estaba en la escalera llorando descontrolada y la vieja del 5º piso, que venía bajando, dijo: “después de la lluvia sale el sol mijita”. Tres horas antes me besabas y me jurabas amor una y otra vez mientras me hacías el amor, tu cuerpo tibio sobre el mío tiritaba como pidiendo perdón por tocarme. Entendí que tu cuerpo estaba estremecido por tu conciencia y al leer las cartas cada mirada nerviosa tuvo sentido, hasta me pregunté si seguías pensando en ella cuando estabas conmigo.
sábado 6 de septiembre de 2008
el profe.
Tenía clases con él todos los miércoles, en la tarde. Sus clases eran imperdibles, tenía una forma de hablar muy especial que me cautivó desde la primera vez que lo escuché.
Recuerdo que esa clase mientras hablaba sobre Whitman me miró fijamente a los ojos, de a poco se apoderó mí un calor incontrolable, sentí como me ardía el pecho, se aceleró mi respiración, mis manos se humedecieron y mis ojos no parpadearon hasta que quitó su mirada de la mía. Así ha sido todas las clases desde la primera clase, no puedo dejar de observarlo, cada gesto me encanta y cuando se refiere con cariño a alguna de sus escritoras favoritas siento celos. A veces pienso cuánto me gustaría ser una de ellas.
El profe es un hombre de cuarenta y tantos, es un escrito frustrado, aún así hace sus clases con mucha pasión. Tiene dos hijas, una de mi edad, deduje por lo que ha contado en clases sobre su vida personal, y otra un poco más grande. Está separado de su esposa hace años, nunca habla de ella.
Ayer hice lo que tenía pensado hace tiempo, apenas terminó la clase salí de la sala. Esperé a que el profe saliera, sin que se diera cuenta lo seguí hasta donde dejaba su bicicleta, luego lo seguí hasta el edificio donde vive, que queda a sólo 5 cuadras de la universidad. Desde la calle de en frente lo observé entrar a su departamento, vive en el primer piso, en el departamento 102.
Estuve afuera unos 20 minutos, nerviosa, sin saber que hacer. Hice en mi cabeza pequeños planes de cómo hablarle y que decirle, pero ninguno me convenció. Finalmente me decidí, crucé la calle sin ningún plan que sirviera en mi cabeza y toqué la puerta del 102. La puerta se abrió lentamente.
Ahí estaba el profe, parado con cara de pregunta “Ángela ¿Pasó algo?” me preguntó, no atiné a decirle nada. Me quedé parada frente a él sin poder quitar mi mirada de sus ojos verde agua. Me abalancé hacia él, colgándome de su cuello y apretándolo fuerte contra mi, él cruzó sus fuertes brazos alrededor de mi cintura, “Tranquila” dijo con su voz grave de hombre maduro.
Mi corazón palpitaba más fuerte que nunca, de nuevo sentí que me faltaba la respiración, mi vientre ardía como el diablo. Lo seguí mirando fijo, pensé que podía quedarme así el resto de mi vida, observándolo de cerca, sintiendo su perfume, sintiendo su cuerpo apretado al mío.
La puerta se cerró tras de mi, él sin dejar de abrazarme me dijo “no te preocupes, está bien”, ahí fue cuando entendí que el debió sentir lo mismo alguna vez, alguna de las tantas veces que nos miramos fijamente. Acerco su cara a la mía, yo acerqué mis labios a los de él, apenas rosándolo. Estuvimos así unos segundos, que en mi mente parecieron una eternidad, me apoyó contra la puerta cerrándola por completo y finalmente me besó.
Sus labios, suaves y tibios se encontraron con los míos, como en una danza descontrolada, me besó y me siguió besando. Sus manos fuertes recorrieron mi cuerpo delgado lentamente, yo sólo me entregué a el, lo dejé explorarme entera. Cada vez que su lengua recorría mi cuello me sentía más débil ante él, mientras sus grandes manos acariciaban mis senos, no podía sino entregarme. Recuerdo no poder controlar mis manos, torpemente acaricié su cabello gris lleno de canas, luego sus espaldas anchas y sus brazos poderosos. Una vez que me recorrió toda, paro un momento, se alejó de mí y me dijo “esto está mal, yo también siento eso al mirarte”.
Recuerdo que esa clase mientras hablaba sobre Whitman me miró fijamente a los ojos, de a poco se apoderó mí un calor incontrolable, sentí como me ardía el pecho, se aceleró mi respiración, mis manos se humedecieron y mis ojos no parpadearon hasta que quitó su mirada de la mía. Así ha sido todas las clases desde la primera clase, no puedo dejar de observarlo, cada gesto me encanta y cuando se refiere con cariño a alguna de sus escritoras favoritas siento celos. A veces pienso cuánto me gustaría ser una de ellas.
El profe es un hombre de cuarenta y tantos, es un escrito frustrado, aún así hace sus clases con mucha pasión. Tiene dos hijas, una de mi edad, deduje por lo que ha contado en clases sobre su vida personal, y otra un poco más grande. Está separado de su esposa hace años, nunca habla de ella.
Ayer hice lo que tenía pensado hace tiempo, apenas terminó la clase salí de la sala. Esperé a que el profe saliera, sin que se diera cuenta lo seguí hasta donde dejaba su bicicleta, luego lo seguí hasta el edificio donde vive, que queda a sólo 5 cuadras de la universidad. Desde la calle de en frente lo observé entrar a su departamento, vive en el primer piso, en el departamento 102.
Estuve afuera unos 20 minutos, nerviosa, sin saber que hacer. Hice en mi cabeza pequeños planes de cómo hablarle y que decirle, pero ninguno me convenció. Finalmente me decidí, crucé la calle sin ningún plan que sirviera en mi cabeza y toqué la puerta del 102. La puerta se abrió lentamente.
Ahí estaba el profe, parado con cara de pregunta “Ángela ¿Pasó algo?” me preguntó, no atiné a decirle nada. Me quedé parada frente a él sin poder quitar mi mirada de sus ojos verde agua. Me abalancé hacia él, colgándome de su cuello y apretándolo fuerte contra mi, él cruzó sus fuertes brazos alrededor de mi cintura, “Tranquila” dijo con su voz grave de hombre maduro.
Mi corazón palpitaba más fuerte que nunca, de nuevo sentí que me faltaba la respiración, mi vientre ardía como el diablo. Lo seguí mirando fijo, pensé que podía quedarme así el resto de mi vida, observándolo de cerca, sintiendo su perfume, sintiendo su cuerpo apretado al mío.
La puerta se cerró tras de mi, él sin dejar de abrazarme me dijo “no te preocupes, está bien”, ahí fue cuando entendí que el debió sentir lo mismo alguna vez, alguna de las tantas veces que nos miramos fijamente. Acerco su cara a la mía, yo acerqué mis labios a los de él, apenas rosándolo. Estuvimos así unos segundos, que en mi mente parecieron una eternidad, me apoyó contra la puerta cerrándola por completo y finalmente me besó.
Sus labios, suaves y tibios se encontraron con los míos, como en una danza descontrolada, me besó y me siguió besando. Sus manos fuertes recorrieron mi cuerpo delgado lentamente, yo sólo me entregué a el, lo dejé explorarme entera. Cada vez que su lengua recorría mi cuello me sentía más débil ante él, mientras sus grandes manos acariciaban mis senos, no podía sino entregarme. Recuerdo no poder controlar mis manos, torpemente acaricié su cabello gris lleno de canas, luego sus espaldas anchas y sus brazos poderosos. Una vez que me recorrió toda, paro un momento, se alejó de mí y me dijo “esto está mal, yo también siento eso al mirarte”.
domingo 13 de julio de 2008
EL pasillo de Ana.-
Ana se despertó con un molesto dolor en el hombro y pensando en la lista de cosas que le esperaba su ajetreado día. Antes de que se levantara de la cama sonó el teléfono, tan temprano pensó. Mientras hablaba se sentó en el borde de la cama, se puso las zapatillas de levantar, primero la izquierda luego la derecha. Conversó por veinte minutos. Al cortar su lista de quehaceres había variado por completo. Se sacó una zapatilla, luego la otra y se volvió a recostar sobre la cama, algo tensa y siempre con la vista sobre el teléfono. La acababan de llamar desde la agencia donde trabaja. Ignacio, su jefe y novio se habría escapado del país la noche anterior, según le dijo la policía, 5 minutos antes de que llamara a Ana, a Teresa la secretaria.Cuando logró despegar la vista del teléfono cubrió su cara con las dos manos. Pensó por un momento, pensó en que haría ahora si no tenía que ir al trabajo, pensó en la pobre Teresa que también se quedó sin trabajo, pensó en las cuentas que tenía que pagar, pensó acerca de su situación, estaba sin trabajo y no tenía a nadie que le prestara dinero, pensó en que estaba sola, pensó en que su novio se había escapado del país. En ese momento pensó en Ignacio, saltó de la cama, tomó la caja de cigarrillos que estaba sobre el velador, junto al teléfono. Prendió un cigarrillo y tiró la caja lejos.
Estaba desorientada, la confusión nublaba cada ves más sus pensamientos. Sin querer dio un par de vueltas torpes por el apartamento, golpeándose primero el dedo pequeño del pie una de las patas de la cama y luego su cadera izquierda con la mesita que estaba en la mitad del pasillo. Cuando ya se había fumado la totalidad del cigarrillo lo arrojó al macetero, junto a lo que quedaba del cactus que el mismo Ignacio le había regalado. Miró el cactus por un momento y dijo en voz alta “¡Bah! ¿en que momento te secaste?”.
Eran siete pasos desde la sala de estar hasta su habitación, siete pasos era lo que medía la alfombra púrpura que cubría el pasillo. Comenzó a caminar, durante el primer paso que dio se sintió mareada, el segundo más mareada aún y sintió las piernas débiles, como adormecidas. El tercer, cuarto y quinto paso pareció darlos en cámara lenta, la alfombra pasó de ser suave a áspera. Las paredes cambiaron su tono verde claro, pasaron a no tener un tono en especial, a ser borrosas y luego adquirieron un gris azulado. Desapareció la mesita con la que se había golpeado la cadera y apareció un bulto de tela oscura. En el sexto y séptimo paso recuperó el ritmo normal, pero el lugar seguía completamente transformado. Ana no pensaba, no podía, se quedó buscando el pasillo que hace siete paso había comenzado a caminar.
El bulto de tela oscura se comenzó a mover lentamente. Era una persona, un hombre que respiraba con dificultad, estaba tirado boca abajo en el suelo y entre balbuceos pedía ayuda. Ana no entendiendo nada atinó a ayudar, con mucho esfuerzo dio vuelta al hombre. Al ver su rostro lo soltó y horrorizada lanzó un grito mientras daba un saltito hacia atrás. Era Ignacio, su novio, tenía una herida cerca del hombro izquierdo y su cara salpicada en sangre. Ana no podía hablar, sólo lo miró. Ignacio también la observo un segundo mientras juntaba las palabras, luego le dijo ”Ana escúchame, no he salido del país, Teresa sabe dónde estoy, ve con ella y pregúntale”. Ana no alcanzó a reaccionar, Ignacio había muerto. Lo miró de cerca, volvió a observar el lugar y se recostó al lado de el. Intentando entender donde estaba y que había pasado con su apartamento, se durmió.
viernes 11 de julio de 2008
El cenicero.

Entró una vez más a esa habitación de paso. Vio a Helena que lo esperaba sentada en el sofá de terciopelo rojo junto al escritorio. Fumaba un cigarrillo de menta que abandonó en el cenicero apenas Diego le dijo:
– ¿Qué hiciste cuando te llamo? –Se paró frente a ella y apago el cigarrillo que aún humeaba– ¿Le dijiste algo?
– No, nada. –Dijo Helena sin quitar la mirada del cenicero.
– A mi me comentó que algo le habías dicho. –Le dijo mientras con los ojos buscaba algo por toda la habitación.
– Puede ser, no recuerdo.
Diego abrió lentamente la vieja maleta que descansaba encima de la cama.
– ¿Esto es todo?¿No pudiste conseguir más?
– No, hice lo que pude. –Helena miró su reloj de pulsera– son las nueve y media es mejor que te vayas.
– Si te llama hazle entender que no sabes nada sobre mí. –Se sentó en la cama, al costado derecho, cerca de Helena– Si te pregunta, sólo si te pregunta, dile que no tienes noticias mías desde aquel día.
Diego hizo una llamada por celular, mientras hablaba Helena lo observó fijamente, se podía notar en su cara una expresión de angustia. Cuando termino la llamada tomó la maleta, se acercó a Helena, la besó en la frente y caminó hacia la puerta.
– Espera, llévame contigo. –Agarró el abrigo de piel que colgaba del respaldo del sofá, los tacones rojos que llevaba marcaron cada paso que dio hasta la puerta, donde se encontraba Diego– Llévame contigo, no me dejes aquí.
– No puedo hacerle eso a Amanda.
– El daño ya está hecho, ahora solo nos queda asumir –Lo abrazó y le susurro algo al oído.
– Las cosas no son tan simples como crees Helena, no sabes en lo que estoy metido, no sabes que líos tengo. Te dije que no te ilusionaras. –La volvió a besar en la frente y salió de la habitación.
– Puede ser... –Arrojó el abrigo de piel al suelo, prendió un cigarrillo de menta, se sentó en el sofá de terciopelo rojo y miró su reloj de pulsera– puede ser...
Se quedó con la vista fija en el cenicero.
– ¿Qué hiciste cuando te llamo? –Se paró frente a ella y apago el cigarrillo que aún humeaba– ¿Le dijiste algo?
– No, nada. –Dijo Helena sin quitar la mirada del cenicero.
– A mi me comentó que algo le habías dicho. –Le dijo mientras con los ojos buscaba algo por toda la habitación.
– Puede ser, no recuerdo.
Diego abrió lentamente la vieja maleta que descansaba encima de la cama.
– ¿Esto es todo?¿No pudiste conseguir más?
– No, hice lo que pude. –Helena miró su reloj de pulsera– son las nueve y media es mejor que te vayas.
– Si te llama hazle entender que no sabes nada sobre mí. –Se sentó en la cama, al costado derecho, cerca de Helena– Si te pregunta, sólo si te pregunta, dile que no tienes noticias mías desde aquel día.
Diego hizo una llamada por celular, mientras hablaba Helena lo observó fijamente, se podía notar en su cara una expresión de angustia. Cuando termino la llamada tomó la maleta, se acercó a Helena, la besó en la frente y caminó hacia la puerta.
– Espera, llévame contigo. –Agarró el abrigo de piel que colgaba del respaldo del sofá, los tacones rojos que llevaba marcaron cada paso que dio hasta la puerta, donde se encontraba Diego– Llévame contigo, no me dejes aquí.
– No puedo hacerle eso a Amanda.
– El daño ya está hecho, ahora solo nos queda asumir –Lo abrazó y le susurro algo al oído.
– Las cosas no son tan simples como crees Helena, no sabes en lo que estoy metido, no sabes que líos tengo. Te dije que no te ilusionaras. –La volvió a besar en la frente y salió de la habitación.
– Puede ser... –Arrojó el abrigo de piel al suelo, prendió un cigarrillo de menta, se sentó en el sofá de terciopelo rojo y miró su reloj de pulsera– puede ser...
Se quedó con la vista fija en el cenicero.
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