
Entró una vez más a esa habitación de paso. Vio a Helena que lo esperaba sentada en el sofá de terciopelo rojo junto al escritorio. Fumaba un cigarrillo de menta que abandonó en el cenicero apenas Diego le dijo:
– ¿Qué hiciste cuando te llamo? –Se paró frente a ella y apago el cigarrillo que aún humeaba– ¿Le dijiste algo?
– No, nada. –Dijo Helena sin quitar la mirada del cenicero.
– A mi me comentó que algo le habías dicho. –Le dijo mientras con los ojos buscaba algo por toda la habitación.
– Puede ser, no recuerdo.
Diego abrió lentamente la vieja maleta que descansaba encima de la cama.
– ¿Esto es todo?¿No pudiste conseguir más?
– No, hice lo que pude. –Helena miró su reloj de pulsera– son las nueve y media es mejor que te vayas.
– Si te llama hazle entender que no sabes nada sobre mí. –Se sentó en la cama, al costado derecho, cerca de Helena– Si te pregunta, sólo si te pregunta, dile que no tienes noticias mías desde aquel día.
Diego hizo una llamada por celular, mientras hablaba Helena lo observó fijamente, se podía notar en su cara una expresión de angustia. Cuando termino la llamada tomó la maleta, se acercó a Helena, la besó en la frente y caminó hacia la puerta.
– Espera, llévame contigo. –Agarró el abrigo de piel que colgaba del respaldo del sofá, los tacones rojos que llevaba marcaron cada paso que dio hasta la puerta, donde se encontraba Diego– Llévame contigo, no me dejes aquí.
– No puedo hacerle eso a Amanda.
– El daño ya está hecho, ahora solo nos queda asumir –Lo abrazó y le susurro algo al oído.
– Las cosas no son tan simples como crees Helena, no sabes en lo que estoy metido, no sabes que líos tengo. Te dije que no te ilusionaras. –La volvió a besar en la frente y salió de la habitación.
– Puede ser... –Arrojó el abrigo de piel al suelo, prendió un cigarrillo de menta, se sentó en el sofá de terciopelo rojo y miró su reloj de pulsera– puede ser...
Se quedó con la vista fija en el cenicero.
– ¿Qué hiciste cuando te llamo? –Se paró frente a ella y apago el cigarrillo que aún humeaba– ¿Le dijiste algo?
– No, nada. –Dijo Helena sin quitar la mirada del cenicero.
– A mi me comentó que algo le habías dicho. –Le dijo mientras con los ojos buscaba algo por toda la habitación.
– Puede ser, no recuerdo.
Diego abrió lentamente la vieja maleta que descansaba encima de la cama.
– ¿Esto es todo?¿No pudiste conseguir más?
– No, hice lo que pude. –Helena miró su reloj de pulsera– son las nueve y media es mejor que te vayas.
– Si te llama hazle entender que no sabes nada sobre mí. –Se sentó en la cama, al costado derecho, cerca de Helena– Si te pregunta, sólo si te pregunta, dile que no tienes noticias mías desde aquel día.
Diego hizo una llamada por celular, mientras hablaba Helena lo observó fijamente, se podía notar en su cara una expresión de angustia. Cuando termino la llamada tomó la maleta, se acercó a Helena, la besó en la frente y caminó hacia la puerta.
– Espera, llévame contigo. –Agarró el abrigo de piel que colgaba del respaldo del sofá, los tacones rojos que llevaba marcaron cada paso que dio hasta la puerta, donde se encontraba Diego– Llévame contigo, no me dejes aquí.
– No puedo hacerle eso a Amanda.
– El daño ya está hecho, ahora solo nos queda asumir –Lo abrazó y le susurro algo al oído.
– Las cosas no son tan simples como crees Helena, no sabes en lo que estoy metido, no sabes que líos tengo. Te dije que no te ilusionaras. –La volvió a besar en la frente y salió de la habitación.
– Puede ser... –Arrojó el abrigo de piel al suelo, prendió un cigarrillo de menta, se sentó en el sofá de terciopelo rojo y miró su reloj de pulsera– puede ser...
Se quedó con la vista fija en el cenicero.

