domingo 13 de julio de 2008

EL pasillo de Ana.-

Ana se despertó con un molesto dolor en el hombro y pensando en la lista de cosas que le esperaba su ajetreado día. Antes de que se levantara de la cama sonó el teléfono, tan temprano pensó. Mientras hablaba se sentó en el borde de la cama, se puso las zapatillas de levantar, primero la izquierda luego la derecha. Conversó por veinte minutos. Al cortar su lista de quehaceres había variado por completo. Se sacó una zapatilla, luego la otra y se volvió a recostar sobre la cama, algo tensa y siempre con la vista sobre el teléfono. La acababan de llamar desde la agencia donde trabaja. Ignacio, su jefe y novio se habría escapado del país la noche anterior, según le dijo la policía, 5 minutos antes de que llamara a Ana, a Teresa la secretaria.

Cuando logró despegar la vista del teléfono cubrió su cara con las dos manos. Pensó por un momento, pensó en que haría ahora si no tenía que ir al trabajo, pensó en la pobre Teresa que también se quedó sin trabajo, pensó en las cuentas que tenía que pagar, pensó acerca de su situación, estaba sin trabajo y no tenía a nadie que le prestara dinero, pensó en que estaba sola, pensó en que su novio se había escapado del país. En ese momento pensó en Ignacio, saltó de la cama, tomó la caja de cigarrillos que estaba sobre el velador, junto al teléfono. Prendió un cigarrillo y tiró la caja lejos.

Estaba desorientada, la confusión nublaba cada ves más sus pensamientos. Sin querer dio un par de vueltas torpes por el apartamento, golpeándose primero el dedo pequeño del pie una de las patas de la cama y luego su cadera izquierda con la mesita que estaba en la mitad del pasillo. Cuando ya se había fumado la totalidad del cigarrillo lo arrojó al macetero, junto a lo que quedaba del cactus que el mismo Ignacio le había regalado. Miró el cactus por un momento y dijo en voz alta “¡Bah! ¿en que momento te secaste?”.

Eran siete pasos desde la sala de estar hasta su habitación, siete pasos era lo que medía la alfombra púrpura que cubría el pasillo. Comenzó a caminar, durante el primer paso que dio se sintió mareada, el segundo más mareada aún y sintió las piernas débiles, como adormecidas. El tercer, cuarto y quinto paso pareció darlos en cámara lenta, la alfombra pasó de ser suave a áspera. Las paredes cambiaron su tono verde claro, pasaron a no tener un tono en especial, a ser borrosas y luego adquirieron un gris azulado. Desapareció la mesita con la que se había golpeado la cadera y apareció un bulto de tela oscura. En el sexto y séptimo paso recuperó el ritmo normal, pero el lugar seguía completamente transformado. Ana no pensaba, no podía, se quedó buscando el pasillo que hace siete paso había comenzado a caminar.

El bulto de tela oscura se comenzó a mover lentamente. Era una persona, un hombre que respiraba con dificultad, estaba tirado boca abajo en el suelo y entre balbuceos pedía ayuda. Ana no entendiendo nada atinó a ayudar, con mucho esfuerzo dio vuelta al hombre. Al ver su rostro lo soltó y horrorizada lanzó un grito mientras daba un saltito hacia atrás. Era Ignacio, su novio, tenía una herida cerca del hombro izquierdo y su cara salpicada en sangre. Ana no podía hablar, sólo lo miró. Ignacio también la observo un segundo mientras juntaba las palabras, luego le dijo ”Ana escúchame, no he salido del país, Teresa sabe dónde estoy, ve con ella y pregúntale”. Ana no alcanzó a reaccionar, Ignacio había muerto. Lo miró de cerca, volvió a observar el lugar y se recostó al lado de el. Intentando entender donde estaba y que había pasado con su apartamento, se durmió.