Tenía clases con él todos los miércoles, en la tarde. Sus clases eran imperdibles, tenía una forma de hablar muy especial que me cautivó desde la primera vez que lo escuché.
Recuerdo que esa clase mientras hablaba sobre Whitman me miró fijamente a los ojos, de a poco se apoderó mí un calor incontrolable, sentí como me ardía el pecho, se aceleró mi respiración, mis manos se humedecieron y mis ojos no parpadearon hasta que quitó su mirada de la mía. Así ha sido todas las clases desde la primera clase, no puedo dejar de observarlo, cada gesto me encanta y cuando se refiere con cariño a alguna de sus escritoras favoritas siento celos. A veces pienso cuánto me gustaría ser una de ellas.
El profe es un hombre de cuarenta y tantos, es un escrito frustrado, aún así hace sus clases con mucha pasión. Tiene dos hijas, una de mi edad, deduje por lo que ha contado en clases sobre su vida personal, y otra un poco más grande. Está separado de su esposa hace años, nunca habla de ella.
Ayer hice lo que tenía pensado hace tiempo, apenas terminó la clase salí de la sala. Esperé a que el profe saliera, sin que se diera cuenta lo seguí hasta donde dejaba su bicicleta, luego lo seguí hasta el edificio donde vive, que queda a sólo 5 cuadras de la universidad. Desde la calle de en frente lo observé entrar a su departamento, vive en el primer piso, en el departamento 102.
Estuve afuera unos 20 minutos, nerviosa, sin saber que hacer. Hice en mi cabeza pequeños planes de cómo hablarle y que decirle, pero ninguno me convenció. Finalmente me decidí, crucé la calle sin ningún plan que sirviera en mi cabeza y toqué la puerta del 102. La puerta se abrió lentamente.
Ahí estaba el profe, parado con cara de pregunta “Ángela ¿Pasó algo?” me preguntó, no atiné a decirle nada. Me quedé parada frente a él sin poder quitar mi mirada de sus ojos verde agua. Me abalancé hacia él, colgándome de su cuello y apretándolo fuerte contra mi, él cruzó sus fuertes brazos alrededor de mi cintura, “Tranquila” dijo con su voz grave de hombre maduro.
Mi corazón palpitaba más fuerte que nunca, de nuevo sentí que me faltaba la respiración, mi vientre ardía como el diablo. Lo seguí mirando fijo, pensé que podía quedarme así el resto de mi vida, observándolo de cerca, sintiendo su perfume, sintiendo su cuerpo apretado al mío.
La puerta se cerró tras de mi, él sin dejar de abrazarme me dijo “no te preocupes, está bien”, ahí fue cuando entendí que el debió sentir lo mismo alguna vez, alguna de las tantas veces que nos miramos fijamente. Acerco su cara a la mía, yo acerqué mis labios a los de él, apenas rosándolo. Estuvimos así unos segundos, que en mi mente parecieron una eternidad, me apoyó contra la puerta cerrándola por completo y finalmente me besó.
Sus labios, suaves y tibios se encontraron con los míos, como en una danza descontrolada, me besó y me siguió besando. Sus manos fuertes recorrieron mi cuerpo delgado lentamente, yo sólo me entregué a el, lo dejé explorarme entera. Cada vez que su lengua recorría mi cuello me sentía más débil ante él, mientras sus grandes manos acariciaban mis senos, no podía sino entregarme. Recuerdo no poder controlar mis manos, torpemente acaricié su cabello gris lleno de canas, luego sus espaldas anchas y sus brazos poderosos. Una vez que me recorrió toda, paro un momento, se alejó de mí y me dijo “esto está mal, yo también siento eso al mirarte”.

